miércoles, 16 de junio de 2010
Rozaba.
La taza se iba a caer. Rozaba. Calor, con calor. Recurría continuamente a aquél cabaret. Me causaba una sensación placentera observar el modo en que acomodaban las mesas, dando justo a un metro del escenario. Ni tan lejos como para perder de vista algún detalle, ni tan cerca como para percibir el olor a tabaco y alcohol que emanaba del cuerpo de las bailarinas. Ella siempre repitiendo el mismo ritual, mi Elenita adorada, como si conociera mis manías. !No sé en qué momento se te ocurrió variar!. Te veías radiante con la sencillez del tubo metálico. Así, lo normal. Lo esperado. Hasta que llegué y ví aquél vapor, aquella taza de café. Comprendo que lo hiciste para variar, sorprender, innovar. Yo te amaba, Elenita. No necesitaba de una taza. Bailabas alrededor de ella. ¡Con tu calor era suficiente, Elenita! ¡Yo no necesitaba de tu estúpida taza! Tambaleaba algunas veces. Rozaba con tu espalda. Con tus rizos. Y yo no soportaba aquél tambaleo del café. Entiendeme, Elenita. Se iba a caer. Iba a caer. ¡Rozaba, Elenita, rozaba! Cada dia era lo mismo. La taza, el vapor, tú, tu cabello. Entiendeme. Tambaleaba con cada roce. Y yo sentía que que mi cabeza estallaría en cualquier momento. Observaba, fueron tres noches, observaba cada movimiento tuyo mientras el ritual fascinaba a los expectadores. Y adivinaba el momento en que tu piel rozaría con la cerámica y sentía que un terremoto zucumbía mis entrañas. Exploté. Exploté como la bala lo hizo en tu pecho. Aquél que en sueños aparece perturbando mi estancia entre éstas cuatro paredes grises. Ya no tambalea, Elenita. No roza. No tambalea.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)